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2/3/19

En la cabeza del silencio


Diego E. Suárez
Acerca de Son dos los que danzan

5/5/10

En la cabeza del silencio


EN LA CABEZA DEL SILENCIO

Por Diego E. Suárez

"Son dos los que danzan", de José María Pallaoro. Libros de la talita dorada, City Bell, Buenos Aires, 2005.

"El poder de una palabra/ no radica en la voluntad/ de poder/ decir aquello/ que los demás/ quieren escuchar// El poder de la palabra// es un certero golpe/ en la cabeza del silencio". Con esta claridad Pallaoro reflexiona acerca de las posibilidades de lo dicho y lo decible `que equivale a mentir’, y como prueba de hecho nos ofrece una poesía que no busca conformar ni contentar, sino conmover, movilizar, desacomodar, con una economía de recursos poco corriente.

Con este fin, recurre, por ejemplo, al empleo de preguntas punzantes, preguntas-aguja que buscan sacarle la espina al silencio, pero que al fin y al cabo consiguen anestesiar la molestia con una molestia más intensa. Dichas interrogaciones pueden aparecer formuladas en forma explícita, como en "Los muertos": "¿Qué se hace con un muerto?/ ¿Se lo deja en casa?/ ¿Se le cierran/ las ventanas y la puerta/ de la habitación?/ (...) ¿Se lo comienza a olvidar/ para no sentir/ culpa de su abandono?"; y en otras oportunidades, ni siquiera es necesario desenvainar el interrogante, sobre todo cuando se está ante "La respuesta que uno intuye": "A pesar de su partida está/ sentada/ en el lugar más luminoso/ contándonos acerca de la belleza/ del jardín/ y de la suerte que tuvo con sus hijos// (...) No quise interrumpir sus palabras/ pero pensé preguntarle/ si ha sido feliz/ si lo es ahora// Ese tipo de preguntas que se suele dejar/ para días de otro color// Interrogaciones que a veces/ es preferible evitar/ por temor a la respuesta".

Irina Bogdaschevski expresa acerca del modus operandi del autor: "El recurso metafísico de José María Pallaoro es la profunda y maravillosa melancolía que colorea intensamente el recuerdo desangelado de los vuelos que tanto añoran siempre los humanos. Eso le hace volver todo el tiempo a la imagen del pájaro, su "alter ego', ese ser frágil, pero libre de subir a alturas envidiables". Pero también, el pájaro, omnipresente en la primera parte del libro, puede simbolizar elementos lúgubres e inquietantes ‘bate sus alas en un rincón "El cuervo" de Poe’; por eso, en el interior del libro aletean pájaros enjaulados, desdenes secretos que anidan en la mirada de lo deseado, como ocurre en "Certezas": "sé que hay un pájaro/ en tu mirar/ sé que en ese mirar/ la dicha es luz/ además sé/ que en vos/ la dicha es/ un pájaro/ que no me ve".

La distribución de los versos a lo largo y a lo ancho de la blancura del papel hace que cada página del libro se convierta en un tablado, en un espacio dispuesto para la danza de las palabras, donde los espirales del sentido van y vienen, zigzagueantes. De esta manera, son dos los que danzan: el significado y la mirada de quien lee.

José María Pallaoro nació en La Plata en 1959, y reside en City Bell, provincia de Buenos Aires. Publicó plaquetas, cuadernos y tres libros de poemas: "El viaje circular", "Pájaros cubiertos de ceniza" y "Son dos los que danzan". Como difusor cultural de música y literatura realizó en diferentes FM's los programas: "La máquina del tiempo", "En la vereda del sol" y "Mariposas de madera". Es director de el espiniyo, revista de poesía de las cuatro estaciones.

Diario “El Litoral” de Sante Fe / Edición del Sábado 05 de julio de 2008
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Diego E. Suárez (Posadas, 1979). Licenciado en letras (Universidad Nacional de Misiones). Docente, investigador, periodista cultural y poeta. Actualmente reside en la ciudad de Santa Fe.
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3/6/08

JUAN CARLOS MOISÉS: Poesía de José María Pallaoro

LA POESÍA NO CALLA

Los temas en la poesía de José María Pallaoro no son otros que los de la vida de una persona: el amor, la amistad, la soledad, el dolor, la memoria. Los lectores podemos entrar a su poesía como si lo hiciéramos en nuestra propia casa. Parece sencillo (“tan sólo palabras/ para mirarse en el otro”), pero en el nexo que son las palabras, que en el poema se proponen como parte de un encuentro, el recién llegado recibirá lo suyo al mismo tiempo que el poema demandará su aporte. Parece una verdad consabida, pero no lo es tanto cuando su filiación nos dice en rama de qué árbol echa brotes su poesía. La pequeñez, lo transitorio, que en su obra relativamente breve y acotada se hace búsqueda de lo duradero, sólo puede sostenerse cuando “son dos los que danzan”, como lo dice el título de su último libro.
En la concepción poética de José María Pallaoro, el poema no tiene otro ritmo que el de la vida, ni otra respiración. Acaso por ello su poesía, que es cristalina, permite un abordaje franco, aun cuando los temas sean graves, de peso. Es de esa experiencia que participa el lector, de lo cándido a una sutileza frontal. Hacemos nuestra una especie de lucha entre la armonía que se revela en su mirada y la realidad que se disgrega ante ella. Sin lugar para la duda, sus poemas buscan restaurar, restañar heridas, reunir lo disperso, iluminar lo oscuro. El poema es parte de la esperanza. El poema hace lo suyo en la esperanza.
La poesía, en el registro de Pallaoro, ni es monotemática ni se tiñe de una sola tonalidad. No es todo alegría ni todo es tristeza, no es todo claridad ni todo es penumbra. Su estado de ánimo fluye en el poema, deja su impronta variadísima, como la vida misma. El poema se hace en el devenir, con las fluctuaciones de lo cotidiano y, lo que no es menor, con el temple del sentimiento. Contra la tendencia de ver en la poesía contemporánea al sentimiento en retirada, en sus poemas, bien dosificado, ocupa un lugar central. Y ese sentir, que participa de igual modo de la experiencia personal como de la experiencia social, no excluye la búsqueda de sentido, como una mano que busca a la otra en la oscuridad. No sólo que, como resulta obvio, Pallaoro cree en la poesía, sino que, sobre todo, cree en la poesía que cree. La poesía como arma contra el desamor y el olvido. La poesía, se dirá, esa especie de mapa de los sobrevivientes, también puede obrar contra el sinsentido.
La imagen del pájaro, a la vez que la idea de su figura polisémica, visitada por los poetas desde siempre, es convocada de lleno por su poesía. En lo fugaz de esa representación, con un tratamiento levemente aforístico y una adecuada dosificación de la brevedad, se devela sabiduría. Entre el pájaro y el poema, no sólo propone un punto de concurrencia sino también un modo de hacerlo. La vibración del poema, nos dice, es, debe ser, como el movimiento de las alas del colibrí: intensidad en lo más leve. Ante el peso de los acontecimientos de la vida, esa levedad se hace palabra. La levedad que conmueve también es el lugar desde donde se canta. El aire, lo inconsistente, donde esos pájaros adquieren realidad, también es, parece decir, una tierra propicia para ser, como una planta que pudiera crecer en lo desierto.
La poesía de Pallaoro no es ajena al ambiente natural que es la ciudad de La Plata y sus alrededores. La naturaleza se hace palabras para que las palabras puedan hacerse naturaleza. Pájaros, música, espacio, tiempo; dispersas, las imágenes se buscan y se resuelven para dar unidad al poema. El poema que va directo a la cosa, al objeto: sol, ventanal, árboles, hojas, lluvia, luna. Pero también mar, agua, memoria. No puede haber celebración, si no es en compañía. Toda su poesía parece ir a la búsqueda de un orden natural perdido.
Una selección cuidadosa de citas que anteceden muchos de sus poemas nos muestran la tradición de la poesía argentina y universal del siglo XX en la que se inscribe y abreva la poesía de Pallaoro. Del humanismo transparente de Raúl Gustavo Aguirre y de la renovadora invención verbal de Edgar Bailey a la lucidez militante de Juan Gelman y de Paco Urondo. Del dramatismo conceptual de Fernando Pessoa al desgarramiento visceral de Antonin Artaud. Poesía que se hace transparencia, crispación, por la necesidad de nombrar contra el olvido. Los sobrevivientes, nos dice Pallaoro, cantan como pueden pero no callan. Porque la poesía no calla.


Juan Carlos Moisés
Sarmiento, Chubut, abril de 2008.



Juan Carlos Moisés nació en Sarmiento, Chubut, en 1954. Publicó Poemas encontrados en un huevo (1977), Ese otro buen poema (1983), Querido mundo (1988), Animal teórico (2004), Palabras en juego (2006 – 1º premio en el Concurso Patagónico de Poesía Fundación Banco Provincia y Dirección General de Cultura de esa provincia) y Museo de varias artes (2006 – 1º premio Fondo Nacional de las Artes). De 1990 a 1998 dirigió el elenco teatral “Los comedidosmediante”, con el que recorrió varias ciudades del país. Autor de La casa vieja (1991), Pintura viva (1992), Muñecos, un cuento de locos (1993), El Tragaluz (1994), Desesperando (1997) y La oscuridad (2002), todas estrenadas. En tres oportunidades obtuvo el 1º premio en el Encuentro de Teatro del Chubut y fue seleccionado para participar de la Fiesta Nacional del Teatro en Mendoza (1993), Tucumán (1994) y Catamarca (1997). En 1994 El Tragaluz fue premiada en Tucumán y participó de una muestra en el Teatro Nacional Cervantes. Como narrador, dibujante y guionista de historietas ha publicado trabajos en medios gráficos. Vive en su pueblo natal. Dibujo: Juan Carlos Moisés. Foto: Juan Carlos Moisés junto a Raúl Gustavo Aguirre.

23/5/08

CONCEPCIÓN BERTONE: Un certero golpe en la cabeza del silencio

Un certero golpe en la cabeza del silencio:
La poesía de José María Pallaoro

Por Concepción Bertone (*)

En el poema titulado Saberes, de su libro “Son dos los que danzan”, José Maria Pallaoro dice: “sé que soy/ la garra en la puerta/ de la jaula/ y soy el pájaro/ que se queda/ en un rincón/ sin querer salir”. Ser el pájaro o la pantera de Rilke encerrados en la cabeza y el corazón, es la pura razón de la escritura, la única apertura de la reja. Desde allí escribe el poeta platense, desde ese sentimiento que el cuerpo reconoce como encierro y liberación, y que acepta con Barthes los “saberes” que son la condición de la escritura: “Saber que no escribimos para otro, que esas cosas que voy a escribir nunca harán que me ame quien yo amo, saber que la escritura no compensa nada, que no sublima nada, que está precisamente donde tú no estás”. Tal es su comienzo. Tal su finalidad. La entrega y el despojo de un poeta que trata de anteponer ante todo su don de amor en el hecho poético como en la vida y que por eso preexiste ese hecho poético, porque alguien lo varía en el estilo que está más allá de la literatura, pero estrechamente unido al ser que se es.
De allí deviene una palabra clarísima que se sumerge en su mitología personal, una palabra nítida en la que está todo ofrecido, entregado y tendido en la reticencia sin reticencias: “no me despojo/ de lo que más/ quiero/ sino que/ lo que quiero/ se despoja de mí/ luna/ que en la noche/ callas”. Y esa luna callada que no es para el poeta ni para nosotros una reminiscencia, ni un resabio de felicidad o dolor de algunos momentos, sino suya y nuestra noción de todas las lunas vividas que se funde con la noción de todas las lunas vividas por otros seres. Luna que deja de ser El símbolo de una percepción personal, de una noción particular, para convertirse en el símbolo de un símbolo. Esa silenciosa luna de Pallaoro se torna un significante aislado del idioma y caudal afectivo que se forma en su forma de relacionar las palabras, en esa “hipofìsica” de su palabra donde nos ubica en el tema, en la intimidad de su texto, en la textura de su ideología, en la ventura de su libertad.
En ese lugar, vemos cómo sus recuerdos y sus vivencias confieren a su poesía su materia, mientras la ironía objetiva la visión poética, volviéndose un valor ético y estético, una vía y un aval de comunicabilidad. Y la figura retórica de la ironía, entendida como una postura de pensamiento que va desde el absurdo, como respuesta a la conciencia del vacío existencial, hasta el distanciamiento irónico del yo, en esa posibilidad que ofrece la palabra poética: “No entiende de colores/ confunde el encarnado con la lealtad/ lo racional con la esperanza/ y la pureza con la obscenidad/ No entiende de colores/ por eso pinta”.
El deseo y el Eros hacen lo suyo. La muerte se revierte en otra vida. La herida deja su cicatriz. La piel la acepta. La hace suya. Así Pallaoro llega al concepto de Barthes: el texto es el texto, es el goce comprendiendo el propio cuerpo como escritura. Esta escritura suya que se sitúa en otra realidad, la que resultó de la experiencia del vacío que nos rodea; la realidad más verdadera que da vida al lenguaje y que se nutre de materia gris, del pensamiento: “para saltar sin tiempo/ y violentamente perdido/ hacia otras formas”. “Hacia ese certero golpe en la cabeza del silencio”.

(*) Concepción Bertone nació en Rosario el 23 de abril de 1947. Publicó cuatro libros de poemas: De la piel hacia adentro, 1973; El vuelo inmóvil, Ediciones La Cachimba, 1983; Citas, Ediciones bajo la luna, 1993; Aria Da Capo, Ediciones del Dock y Revista La Guacha, 2006. Realizó Las Cuarenta. Poetas Santafesinas 1922-1981, antología que reúne a tres generaciones de poetas mujeres vivas. La poesía de Bertone está antologada en el país y en el exterior, y traducida a varios idiomas. POEMA: ARIA DA CAPO, Edic. del Dock / La Guacha, 2005. FOTO: Revista de Poesía La Guacha, Nº 21, 2005.

17/5/08

IRINA BOGDASCHEVSKI: Poesía de José María Pallaoro

Poesía de José María Pallaoro

por Irina Bogdaschevski

Todo poeta percibe con agudeza la realidad que le rodea, la siente como un acontecimiento enorme y a sí mismo como su centro. Cualquier más pequeño fragmento de este panorama que gira alrededor de él, - tiene para éste una importancia inmensa y ese juego eterno de los fragmentos, con su penetrante impulso puede en cualquier momento hacerle feliz o desdichado. Y todo eso no está en condiciones de vivirlo callado. El poeta está hecho de tal manera, que las cosas aparentemente comunes lo estremecen y los estremecimientos, casi sin su voluntad, se reorganizan en él, haciéndose lenguaje concentrado.
Esto puede llamarse la fisiología de la poética, pero también existe su metafísica. Al poeta lo persiguen las ilusiones, como si fuesen las descargas de la electricidad universal de las que se estremece el corazón, como si tuviesen alguna comunicación en clave que está dirigida a todos, pero que sólo el poeta puede leer y descifrar. El universo, que le ha tocado en suerte, está ansioso de que su sentido misterioso fuese expresado por la voz del poeta, por sus palabras. Esta, quizás, es la única chance para el universo de ser comprendido.
El recurso metafísico de José Maria Pallaoro es la profunda y maravillosa melancolía que colorea intensamente el recuerdo desangelado de los vuelos que tanto añoran siempre los humanos. Eso le hace volver todo el tiempo a la imagen del pájaro, su “alter ego”, de ese ser frágil, pero libre de subir las alturas envidiables. Le hace sentir al poeta una admiración por las extrañas propiedades del tiempo: por su paso lento, muy lento o aceleradísimo según la envergadura de las alas. Y el poeta se estremece también al percibir con mayor agudeza que cualquier otro ser humano el pausado goteo de la entropía, que a pesar de todos los esfuerzos de la humanidad por aparentar que nada está sucediendo, sigue su paulatino trabajo destructivo.
La causa de todas estas emociones es siempre aquella que palpita en lo profundo de todo don poético: una sensibilidad excesiva con respecto a la vida, al amor, a la muerte.

PALLAORO: ALGUNOS COMENTARIOS

PÁJAROS CUBIERTOS DE CENIZA (Poemas, 1982-1990) / José María Pallaoro / de la talita dorada, 1999 / 84 pág.

Poesía la de José María Pallaoro que cumple con el difícil ritual del silencio, un silencio expresivo que el poeta sugiere en elipsis, pausas y cesuras para conjurar vacíos, palabras que nombran sueños, sustancias y nombres propios. Intimista pero coloquial, el autor recupera voces contaminantes, delicadas y extremas, para con un cuchillo made in brazil cortar la naranja de ombligo y hablar de amor, de un corazón partido en dos. Si a esto sumamos la síntesis, el feliz deslumbramiento de ciertas formas concisas (“para cuando el pájaro / haya decidido salir de la jaula / el cielo se habrá desvanecido”), así como el cruce poético de sensaciones con estructuras y formas más extensas, no cabe duda que este segundo libro de Pallaoro (el primero fue “El viaje circular”) confirma una voz tan particular como decantada. Registros de sabias lecturas (por aquí bailan W. C. W., el Paco Urondo, Trejo y Lamborghini), además de una poética en curso alimentan a estos papeles como pájaros que cuentan de memorias, músicas del alma y ángeles en la cocina, lavando la lechuga o danzando al compás de una boca.

Gabriel Báñez, Diario EL DÍA, La Plata, domingo 4 de junio de 2000


Son dos los que danzan / José María Pallaoro / Libros de la talita dorada, 2005 / 64 pág.

Al natural, la poesía de José María Pallaoro revela la intensidad de la palabra en busca de pájaros para la memoria, alas para mejorar oportunidades, vuelos para dibujar la momentánea transparencia del mundo, silbidos de aves dentro o fuera de la memoria que es también casa y continente. En este tercer libro publicado, “Son dos los que danzan”, Pallaoro reafirma su mejor expresión lírica y lo hace con ímpetu, librando a los sentidos el desciframiento de un mensaje que se nutre de claridades, soles, saberes y colibríes. Junto a la naturaleza impostergable, el poeta anuda su palabra. Es simbiosis vital la que expresa y su canto anuncia un lenguaje sensible, en armonía y lealtad con la esencia de una poesía que también sabe medirse en rotundos silencios. Un expresivo acrílico del Maestro Alzugaray (“Sin azul”) enmarca la portada de este bello libro. FOTO: AJB, presentación espiniyo 5/6. Parados: Miruh Almeida, Margarita Torres y Martín Luna. Sentados: I.B. y JMP

Diario EL DÍA, 6 de noviembre de 2005

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Son dos los que danzan / José María Pallaoro / Libros de la talita dorada, 2005

Un poeta de La Plata

José María Pallaoro nació en la ciudad de las diagonales en 1959; ahora reside en City Bell, allí donde moró (y mora todavía) el ángel de la poesía encarnado en Roberto Themis Speroni.
Pallaoro acaba de publicar su último libro de poemas que tituló “Son dos los que danzan”. Su poesía, llena de ternura y melancolía, con un fraseo muy particular, habla de las cosas de todos los días, simplemente recreadas por un hombre con tantísima sensibilidad y música en las venas. (…)

Roberto Díaz, Diario LA CIUDAD, de Avellaneda, 14 de octubre de 2005

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Son dos los que danzan / José María Pallaoro / Libros de la talita dorada, 2005

Saber poético
Condimentos líricos armonizados sin acrobacias en el lenguaje, traducen sensaciones profundas de quien vive en plenitud. Es una entrega coherente desde el comienzo hasta el final, sea por los ajustes expresivos como por el contenido de poemas que eluden lugares comunes: “Por qué / si afuera llueve / elijo una música / diferente / en el adentro / los sonidos se besan / son dos los que danzan”. La potencialidad poética surge de momentos de entera intimidad o de aquellos en que se torna reflexivo aunque siempre unido al conjunto: “Escribir / ser uno / entre tantos otros / pensar / nuestra pequeñez / como lo más importante / que nos pudo haber pasado”. La edición incluye un enfoque de Irina Bogdaschevski quien señala “todo poeta percibe con agudeza la realidad que lo rodea, la siente como un acontecimiento enorme y a sí mismo como su centro”.

Enrique Sureda, Cultura, enero de 2006

15/4/08

VIRGINIA FUENTE: La experiencia compartida

La experiencia compartida


Por Virginia Fuente *


En la poesía de Pallaoro se da el encuentro entre lo espiritual y lo prosaico: el hombre está presente en su existencia física y espiritual, su ser persona que experimenta el transcurrir de la vida y sus vicisitudes.
El yo lírico presente en los poemas siente y dice la experiencia de sus sensaciones. Observa el mundo y lo transita reconociendo la profundidad de las cosas:

"en el rojo dragón de la mesada // un frasco // de compartido dulce // alberga // plantines de albahaca /// ella // toca// con sus dedos // las hojas // verdes...".

La experiencia física, el encuentro sencillo y profundo, el momento capturado aparece con fuerza dándole densidad al transitar cotidiano de la vida.
Otras veces también la metáfora y la comparación impregnan sus textos, cobran gran presencia y son ellas las que señalan el camino de la voz que habla en el poema. Voz que en ocasiones aparece acompañada: el poema narra una experiencia compartida, hace evidente la presencia de otro en el sentimiento que lo recorre y lo construye, el poema es una voz que declara su sentimiento de la vida:

"Como si la tarde pasara por la sencilla razón // de que hay silencios que se hacen // los muertos" "nuestras raíces tiemblan // desnudas"

junto a otro que lo comparte, un vos o un nosotros en comunión con el yo lírico, en el encuentro amoroso pasional, amoroso filial, amoroso vital, finalmente.
Son dos los que danzan, título de uno de sus libros da cuenta de esta presencia, este reconocimiento de encuentro y comunión.
Además, a veces también aparece la soledad o el desencuentro que da lugar a ella: el hombre solo ante la otra cara de la vida: ante la muerte o el desamparo que provoca un desencuentro, y se hace visible en la presentación de un momento, de un instante que sintetiza ese mundo que transita el yo lírico, mundo vital del poema:

"la lluvia trajo // junto al cansancio / de la tarde /// la noticia inesperada // / una soledad infinita"(Mario Porro).

* Virginia Fuente nació en La Plata en 1976, aunque vivió en Trelew hasta su adolescencia. Es profesora en Letras. Coordina Talleres literarios y da clases de lengua en escuelas secundarias. Tiene publicado un libro de poemas: Otro lugar (Edulp, 2006).

14/4/08

JORGE ISAÍAS: La garra y el pájaro

La garra y el pájaro

Por Jorge Isaías*

Rosario, otoño del 2006
Son dos los que danzan
José María Pallaoro
Libros de la talita dorada



Tiene razón mi amigo el poeta salteño Santiago Sylvester: "No hace falta un Platón que nos eche de la República, nos hemos ido solos”.
Cuando uno ve la cantidad de basura que se hace pasar por poesía hoy –y lo logra muchas veces– piensa que César Vallejo se murió de hambre y tristeza, uno tiende a pensar lo que sabe desde siempre: no existe el menor vestigio de justicia en este mundo, ni humana ni divina.
Ivonne Bordelois en un imperdible libro que se llama: “El país que nos habla” hace la puesta al día de todo los peligros que acechan no ya a nuestro idioma sino a la mera palabra humana, cito: “No es ya la norma hispánica obsoleta la que nos desfigura, sino la apetencia de parecer globales y actualizados y hablar de sales en vez de saldos o bien adoptar una chabacanería ilimitada que acaba por convertir un depósito de basura verbal en programas de televisión más exitosa, las letras de canciones más repetidas o las páginas más socorridas de las revistas amarillas de todo tipo. Y aquí otra vez Borges y su maravilloso estilo de enunciar el proyecto y la esperanza: Sabemos que el lenguaje es como la luna y tiene su hemisferio de sombras. Demasiado bien sabemos, pero no quisiéramos volverlo tan límpido como ese porvenir que es la mejor pasión de la tierra” (pág., 70)
Por suerte el libro que hoy me ocupa está a salvo de estas prevenciones que consigné –no sin furia– más arriba. A José María Pallaoro (La Plata, 1959) le cabe la contundente exigencia de la gran Idea Villariño: “Un poema es un franco hecho sonoro –sonidos, timbres, estructura, ritmos–. O no es.”
El libro consta de cuatro partes: 1. Interior con pájaros. / 2. La claridad / 3. Aguas de nuestra sed / 4. Nada fuera de lugar.
Además estas cuatro partes están precedidas por citas, y no artilladas de cualquier manera. La primera fuera de las partes, es decir a manera de pórtico, es el fragmento de un poema de Ana Ajmátova, la poeta “acmeista” rusa silenciada por el estalinismo durante sesenta años que aunaba la torpe burocracia y aún la persecución y la muerte (el marido de Ajmátova fue fusilado por el gobierno, acusado de opositor a este régimen que los eufemismos de la Guerra Fría nombraban para definirlo como las “democracias populares”.
Los primeros dos versos dicen, según la traducción al español: “Tal vez es mucho todavía / lo que quiere ser cantado por mí”, y no es casual que abra un libro de las características de Son dos los que danzan, porque todo el resto sigue esa propuesta y ese deseo.
Las cuatro secciones antes enunciadas abren con citas de Horacio Núñez West, Roland Barthes, Mary Shelley y Jorge Drexler.
Todas y cada una de ellas cumplen aquel diálogo intertextual en los poemas que le siguen, pero la primera llámame la atención, copio: “En el jardín, pájaros inocentes / picotean el césped encendido”. Y por si fuera poco esa primera sección se llama justamente “Interior con pájaros”, porque el nombre de esta avecilla funciona como un símbolo resignificado al que se le atribuye y funciona como operador textual de todo el libro, la libertad (lo obvio) pero también como imagen del amor hasta el juego pendular inscripto en el poema “Saberes” (pág.,26) y que es axial para la comprensión de lo que podríamos llamar –perdóneseme por la palabra antigua– el meollo del mensaje:

sé que soy
la garra en la puerta
de la jaula

y soy el pájaro
que se queda
en un rincón

sin querer salir

Por lo pronto es dos cosas: garra (es decir, amenaza, agresividad) y pájaro (libertad, cielo abierto, “espacio rodador”, diría Miguel Hernández).
Las preguntas caen de por sí: ¿Por qué el poema habla al mismo tiempo, sin decidirse, entre quedar entrar y no querer salir? ¿Temor a la “garra” o al espacio? ¿A quién le hablan –si es que deciden hablarnos– esos versos que son como la jaula cerrada? Un lugar que antes de ser abierto no quiere decir abrirse.
El pájaro-símbolo atraviesa fuertemente todo el libro, o casi. También lo es para nombrar a la dicha de la amada “que no lo ve”.
Irina Bogdaschevski certeramente consigna sobre la sensibilidad excesiva con respecto a la vida, al amor, a la muerte. Condición ineludible para no ser un mero escribidor de versos, de los que hoy abundan. Condición de poeta, que Pallaoro cumple con creces como ya lo había demostrado en su libro anterior “Pájaros cubiertos de ceniza”, precursor como vemos del símbolo que hoy nos ocupa.
El autor puede ser asimilado a aquella afirmación de Maiacovsky: “Un poeta es cualquier hombre pero cualquier hombre no es un poeta”. Frase que Raúl González Tuñon gustaba repetir.

Publicado en el espiniyo 04 otoño / invierno 2006
* Jorge Isaías nació en 1946 en Los Quirquinchos (Santa Fe). Desde 1964 reside en Rosario. Publicó 26 libros entre poesía y prosa de los cuales destaca: Oficios de Abdul (dos ediciones); Crónica Gringa (cinco ediciones); Poemas de amor (tres ediciones); y en prosa El país de la infancia; La mano sobre el recuerdo; Como un caballo salido del mar y Futboleras. También seleccionó y editó: Antología de los mejores cuentos del Litoral; Papeles inéditos de José Pedroni y Palabras a mi padre y a su digna herramienta. Sus poemas fueron traducidos parcialmente al francés, inglés e italiano y circulan junto a sus prosas en los manuales de EGB y Polimodal.

12/4/08

INÉS APREA: Acerca de Son dos los que danzan



Son dos los que danzan:
el baile de la invención[1]


“El misterio existe y está entre nosotros. No hay que olvidarlo. El misterio existe y con el misterio, bajo el mismo aspecto, la medida: no la medida del misterio, lo que es humanamente insensato, sino la medida de alguna cosa que en cierto sentido se opone al misterio, siendo al mismo tiempo para nosotros su más alta manifestación: el mundo terrestre considerado como una invención continua del hombre”.

Guisseppe Ungaretti, 1922


Paso I


El poeta no es aquél que escribe poesía; el poeta es todo aquél que cae en la desgracia y el milagro de descubrir lo real, lo dado, como una interpelación, una pregunta que se formula frente a él mismo por medios que son extraños a toda lógica.
Un hombre no es incondicionalmente poeta. La poesía es, por definición, una escisión del hombre, una ruptura esencial de la condición humana. Las mujeres y los hombres que asumen esa ruptura, sobre todo aquellos que la usan para escribir, pueden aceptarla sin más, diciendo sencillamente "soy poeta". Pero también pueden revelarla sistemáticamente, con la infinita connotación. Este es el trabajo de aquél que en la poesía no encuentra alivios o certezas, sino tan sólo insomnios y tinieblas. Ellos empujan el poema, empujan a la voz para que diga su eterna herida, que es la herida de lo indecible, de lo inexplicable del mundo. De esta herida se abren los ríos de la poesía, los ríos caudalosos y desbordantes, o los arroyos menudos, que concluyen en el océano de la comunión humana.
Estos ríos se mueven por aquello que transportan; andan y ocupan sus corrientes por lo que arrastran y dejan, por lo que encuentran y llevan. Pero en su origen, la fuente de esa herida brota para anunciar lo invencible del silencio, lo inagotable de la muerte. Ella es la que impulsa al canto como una constante brazada, una fuerza brutal contra todo silencio y contra toda muerte.
Es por eso que el poeta es, ante todo, el que se enfrenta a una herida, el que descubre la ausencia de todo lo que persigue. Así aprende que la corriente no cesa, que deberá seguir aun sin municiones, desposeído de toda convicción, contra viento y marea.



Paso II


El poema es desbordante: todo lo que dice es cien veces más de lo quiere decir. Esa libertad de la poesía es a la vez su condición: en sus vertientes, ella arrastra y transporta aún lo que no quiere, aún lo que calla y desdeña. Las palabras son como las ondas, que pintan un río profundo y sereno, o un río saltarín y revoltoso. Pero hay olas mínimas, calmas y pacientes, que saben mover aguas inmensas. Así es como un pequeño libro puede abrir páginas innumerables.
Son dos los que danzan desnuda la crudeza del desamparo, celebra la orfandad como un terreno propio de la libertad. La intemperie de esos pájaros que "ahuyentan la desdicha”, es el cielo abierto a sus vuelos, aunque este cielo es también su condición inevitable como seres del aire. Así es como se enfrentan esos dos cuerpos que bailan en la inquietud poética: la verdad de la libertad, frente a la verdad de la finitud, del límite, de la condición. Ambas verdades constituyen lo necesario de toda creación, de todo acto que se concibe como experiencia vital.
La observación, como recurso del poeta, no desplaza la introspección, sino que la pone de manifiesto en la esencia misma del habla: exponiendo la mirada a lo externo, a lo ajeno, la búsqueda interior se incita como una perturbación de la lengua cotidiana, esa lengua común en la cual el objeto siempre está afuera, denotado, lejos de las tinieblas de nuestros deseos profundos. La doble realidad de la creación se afirma en esos pájaros interiores, que mueven la lengua del poeta. Así el poeta trabaja con las alas propias de la poesía, aunque con ellas debe surcar el cielo preciso de un lenguaje compartido.
La libertad de los pájaros proviene de su inocencia. El vuelo con el que los pájaros huyen es el movimiento que los salva de toda desdicha, de todo padecer; es un vuelo inocente porque es inocuo. Esa libertad de lo que circunda al poeta se asocia a la evocación de una ingenuidad que en la palabra misma se revela como imposible. El poeta que persigue a los pájaros sabe que su libertad no es inocente, que su vuelo no es incondicional: incluso la intimidad tiene circunstancias precisas, que son las propias circunstancias que la perturban. Pero el poeta sabe que todo lo que perturba puede ser ritmo, que todo lo que invade puede ser sustancia musical.
Aún en la inocencia hay algo que opera, que se ejerce sobre el mundo; un movimiento que puede captar la poesía, en la medida en que ella no está para enunciar ese movimiento en su lógica sino tan sólo como puro movimiento: en sus ritmos, en sus saltos y sobresaltos, en sus detenciones y prolongaciones.
Pero además, la inocencia en estado puro únicamente existe como ausencia de deseo. En ella no está presente lo que se ama, lo que se ansía y se busca, porque la presencia de todo esto quiebra toda inocuidad. Cuando dice José María "¿habrá ceniza / cuidando / de la flor / que amamos / su raíz?" podemos saber que, en la medida en que somos la proyección de un deseo, estamos hechos también de lo perdido, también de la muerte: la vida encuentra su sentido sólo en la diferencia, sólo en esa interrupción que significa la muerte. La interrupción y la diferencia nos detienen sobre el movimiento de la vida.
Para el poeta, la única certeza -paradojal en esencia-, es el fruto de su empeño sobre todo lo que desconoce, dado que la poesía no busca enunciar con la razón, sino decir con la cruda palabra. Las palabras son "el propio espejo", porque permiten "mirarse en el otro" con los sentidos posibles del lenguaje común. Pero la poesía no mira con inocencia, no busca un cándido reflejo, la poesía sopla la llama ardiente que guarda nuestro silencio, sopla con un viento que es en sí mismo violencia: "incendiaré la noche / con palabras". Violencia sobre el lenguaje, violencia sobre los infinitos candados de la belleza.
Sin embargo, el poeta no es el que afirma la belleza, el que defiende su límpido territorio; sino el que emplea dientes y uñas para agujerear y descocer, para arrancar y rezurcir las vendas que la velan, tejiéndole un abrigo auténtico. Es por eso que no existe la belleza dentro o fuera de la poesía, como una campana de cristal que la misma poesía quisiera entonar con manos de guantes blancos. La belleza es algo que puede pasar entre la poesía. Dice el poeta que la única belleza posible es "un tesoro que no encuentro / y que no sé si existe".
Frente a la oscuridad del miedo y la incertidumbre, la única lucidez está en quebrar el silencio. Pero aún el poema persiste en su pregunta, en su demanda: “¿No hay sol para el desolado?”. El hombre tiene la voz y la palabra porque no está solo, no está aislado de su condición social. ¿Será posible replegarse del mundo como el ermita sin que esto nos lleve a “cantar a tientas?”



Paso III


Los ríos de la poesía surcan el continente humano, de tal forma que es posible nadarlos y al fin, hallar puerto en tierras fértiles, donde brota el anhelo, o en francos desiertos, donde se extiende la desesperación como un gran manto de sequía.
Pero el poeta no persigue esa afinidad, ese destino en el que su palabra germina. Los poemas son semillas en el viento, semillas que esta corriente conduce. Su fruto no será el mismo lejos del árbol originario. El encuentro con el poema, una vez que fue arrojado a los vientos, es la búsqueda de esa tierra donde sus sentidos penetren y nutran nuestra experiencia.
Por eso, además de un modo poético de escribir, también hay un modo poético de leer: la poesía no quiere explicarnos el mundo, la poesía no nos dirá nada nuevo si de ella esperamos que nos informe, que nos remita a un tiempo y a un lugar accesible mediante el entendimiento. El lector debe enfrentarse a aquella misma desgracia y a aquel mismo milagro del poeta; he ahí su mutua complicidad, su intimidad profunda y auténtica.
José María me habló de su devoción por los pájaros, casi una obsesión, digamos, compatible con su lejanía de la urbe ruidosa. Lejos de ser un retiro sacerdotal, esa distancia arraiga su poética: la distancia de su poesía es la que hay entre una cultura de la velocidad, de la verborragia, de la urgencia; y una cultura de la observación, de la mirada que inquiere, que calla elípticamente, que pregunta al vacío sobre la razón de la palabra, que es, para el poeta, la razón del vivir.
Entre las líneas de sus poemas el silencio desborda, ciertamente como el cielo abierto antes del alba. Pero sólo esa desolación permite buscar la claridad en el propio canto, “y en un grito / encontrarnos / con nuestro verdadero rostro”; cantar, para amanecernos.
El desamparo, la desolación, la intemperie del vuelo o la caída, tal vez sean las imágenes de una época precisa de nuestra historia. Una casa se ha perdido, se ha deshabitado, se ha demolido a fuerza de balas y bombardeos. Una casa ardió en la noche de nuestra historia. Pero la incertidumbre nos lleva a palpar lo cierto, a tantear nuestras heridas.
Por naturaleza, hombres y mujeres de carne y hueso producen y padecen los tajos de la historia, pero esos tajos se hunden en la carne y en los huesos de la poesía. Ella arranca todo eso que la historia fija, eso que la historia estaciona en las vidas de las mujeres y los hombres. Arranca los "hechos" y los da vueltas, los marea, los sumerge en imparables torbellinos, sacude “los pájaros de nuestra memoria”, para llevarlos lejos, para que emprendan el vuelo de su destino. Tal vez sea por eso que no existe poesía sin historia, y recíprocamente, quizás una historia sin poesía no sea más que puro estancamiento.
Son dos los que danzan recupera el movimiento, el baile de la poesía, que nace de su canto. Sobre este canto, el amor y la muerte, la pasión y el fracaso, la dicha y el temor, se balancean juntos, tomados por la palabra. Esta danza rescata el pulso que se oculta en lo cotidiano, en esos tiempos y ritmos del vivir, en esos pasos que marcan el gran baile de la vida.
La poesía reinventa sistemáticamente la armonía; y al recrearla, revela movimientos que la historia sepulta al transformar la invención en tradición; y el descubrimiento en evolución. Tradición y evolución marcan la danza de la historia. La poesía incorpora el material de improvisación.
Es por eso que la única promesa, la única esperanza que la poesía tiene para darnos es lo que ella misma recrea incansablemente: no parar de bailar.

[1] Comentario de Son dos los que danzan, de José María Pallaoro. Libros de la talita dorada, City Bell, 2005. Inés Aprea. La Plata, marzo de 2008.



Inés Aprea nació en La Plata en 1985. Cursa la carrera de Historia en la UNLP. Tiene un libro de poemas inédito: Perro Fénix.