24/10/11

Con Melville de paseo por City Bell




MOBY DICK





Aunque hubiese preferido no hacerlo, D. H. Lawrence escupió sobre la ballena y a nadie le importó. Llenó la bañadera con agua bien caliente y le agregó sales y exóticas hierbas, regalo de Jaime Rest que sentía culpa de un prólogo nunca realizado aunque prometido. Arabia estaba lejos, y la ballena muy ofendida se puso roja de tan blanca que era. D. H. tomó el celular de encima del banquito e hizo una llamada. Rato después, y para terminar de contar el cuentito, Enrique Pezzoni llegó a la casa, subió las escaleras y desabrochándose el corpiño se introdujo en el agua de mar. Moby Dick se la desquitó con él que por motivos obvios nunca llegó a traducir la más conocida obra de Melville ni ninguna otra que se le pareciera.

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