19/11/07

Mario Porro: Un poeta en un atardecer de invierno


Un poeta en un atardecer de invierno

Por José María Pallaoro

Me detengo un instante ante la puerta. Aspiro lentamente el perfume de las flores del jardín. El poeta Mario Porro me está esperando. Se alegra al verme entrar. Me abraza. No hablamos, sólo le muestro lo que le llevé: The Freewheelin Bob Dylan, en su versión original en vinilo, la más grande colección de canciones folk, le comento a Mario, con palabras que no son pero que siento mías. Me acomodo en el sillón, busco en el bolso papeles y lápices, dejo todo preparado en la mesita, y espero. Mario saca de la máquina el compacto que estaba escuchando. Bach, seguramente. Ahora es él quien se acomoda, apoya las manos sobre las rodillas llevando con los ojos cerrados el mentón al pecho, como años después observaría en Delma, mi instructora de yoga. Le comento que pasé en limpio su último poema: Tristeza tristeza (Puerta del cielo)*. Creo percibir en su rostro una leve satisfacción. Leo el poema como a él le gusta: línea por línea. Establecemos la pausa y luego repito:

Ahí va
el invierno
Sol sin hojas


Es casi terrible –dice Mario– el contraste que hay entre el sol y las hojas de la primavera y el sol sin hojas del invierno. Da la idea de que nunca vamos a volver a completar el ciclo del eterno retorno.
Leo:

Disfraz
de los sentidos


(En cada uno de nosotros hay una configuración muy distinta, pienso, y no sé si es mi pensamiento o lo que Mario me transmite en ese momento.)

Nos vemos
hacia adentro
sin querer
Las piedras
nos angustian
Ya no hay luz

Es frío

¿Qué encontramos? Las piedras que podrían portar luz sólo son portadoras de frío. Nos damos cuenta de que la piedra es piedra por el frío. Pero cuando hay luz es más fuerte en nosotros la visión de la piedra, después lo que persiste de ella en la oscuridad es el frío. Es el momento en que nos vemos hacia adentro, de la luz al frío, y siempre va a ser así –dice Mario.
Leo:

Cada viento
se oye
en el corazón


Es más fuerte el viento que se oye con el corazón que con el oído. Y es más prolongado en nosotros. Que el lector (Mario piensa en un posible lector) tenga idea de lo que es el viento escuchado y que sea perdurable. Siempre me interesó la coherencia. Si no hubiera una coherencia natural estaría mal escrito. Ese viento que connaturaliza con el frío. El calor es parte de nuestro existir, por eso el viento frío es más poderoso (es lo que nos mata, pienso). Es lo que nos mata –dice Mario.

¡Tristeza tristeza!

No es redundante porque alude a dos golpes de frío. (En el poema original la línea estaba partida, le sugiero a Mario que eso le quita la continuidad a esos golpes. Asiente con la cabeza, y me pide que lo corrija. Todo maestro sabe escuchar.)

¿Quién abre
la puerta
hacia el cielo
limpio?

(Sé que se refiere al verdadero cielo.)

“Tampoco
el silencio
es señal
si el amor
no le ha enseñado”


Aun un imponderable como el silencio no sería una señal si no estuviera apoyada, si el amor no la impulsara, si no le ha enseñado a golpear la puerta para encontrar el cielo. Uno puede hacer un golpe, pero dos golpes es un llamado. La señal más profunda del golpeteo es el silencio, le digo. Sí –dice Mario–. El silencio entre un golpe y el otro es el que nosotros percibimos como llamada. Pongo un tiempo entre una palabra y otra, entre una cosa y otra. La llamada solamente tiene significado si el amor lo ha enseñado, ése es un riesgo filosófico. Si el amor no le ha enseñado el silencio no es una señal. Lo escucho, y siento como si Bach no se hubiese ido del todo.

Ahí va
el invierno
Se aleja
Nos deja


Todo lo que arrastra el invierno lo ha sacado de nosotros mismos y nos deja el negativo. Lo que ha sacado queda como vacío formal en nosotros. Queda la antipartícula (y no queda más que sonreír y pensar: “Se aleja / Nos lleva”, podría haber escrito, pero sería seguramente algo más romántico), queda el hueco de lo que existió, concluye.

Dormirá
en cada pequeño arroyo
de nuestra sangre


Sí, lo sé, es un poco arriesgado –dice Mario–, pero creo que es así. Somos una gran cantidad de pequeños arroyos en nuestra sangre. Y pareciera que completamos el ciclo del eterno retorno. El invierno deja más cosas que la primavera o el verano. (El invierno, pienso.) Abrí la puerta –dice– y vi el invierno, y descubrí la inmensa tristeza que hay. Para mí es muy fuerte pensar en un poeta en un atardecer de invierno. Acá lo puse porque el invierno nos hace ir hacia adentro y nos llena de cosas que son más potentes. Son más potentes las tristezas que las alegrías. Son más importantes que la alegría. Parece que la alegría perdiera potencia a medida que se aleja de uno. Cuando se recuerda, se recuerda mucho más concentrado. El invierno da la sensación de ir siempre hacia la muerte. El invierno es la decadencia. La decadencia es más importante que el crecimiento porque es el cierre, es el fin. El crecimiento tiene la esperanza de corregirse, realizarse, darse forma en el futuro.
Abro la puerta. Afuera llueve. Sé que estoy creciendo. Sé que el día me dará una nueva oportunidad. Y me voy agradecido.

El espiniyo, revista de poesía, Nº 02, invierno 2005
* El poema de Mario Porro fue escrito alrededor del 29 de agosto de 2001.
Foto: Mario Porro y JMP.
Presentación de "Tropos", Pasaje Dardo Rocha, La Plata, 2000.